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viernes, 28 de agosto de 2015

EL ESPIRITU DEL ARBOL. Cuento africano


Había una vez, una muchacha cuya madre había muerto y que tenía una madrastra que era muy cruel con ella. Un día en que la muchacha estaba llorando junto a la tumba de su madre, vio que la tierra de la tumba salía un tallo que había crecido hasta hacerse un arbolillo y pronto un gran árbol. El viento, que movía sus hojas, le susurró a la muchacha y le dijo que su madre estaba cerca y que ella debía comer las frutas del árbol. La muchacha así lo hizo y comprobó que las frutas eran muy sabrosas y le hacían sentirse mucho mejor.  A partir de entonces, todos los días iba a la tumba de su madre y comía de los frutos del arbol que había crecido sobre ella.
Pero un día, su madrasta le vió y le pidió a su marido que talara el árbol. El marido lo taló y la muchacha lloró durante mucho tiempo junto a su tronco mutilado, hasta que un día, oyó un cuchicheo y vió que algo crecía de la tumba. Creció y creció hasta convertirse en una hermosa calabaza. Había un agujero en ella del de caían gotas de un jugo. La muchacha lamió unas gotas y las encontró muy ricas, pero de nuevo su madrastra se enteró pronto y, una noche oscura, cortó la calabaza y la arrojó lejos. Al día siguiente, la muchacha vió que no estaba la calabaza y lloró y lloró hasta que de pronto, oyó el rumor de un riachuelo que le decía "Bébeme, bébeme". Ella bebió y comprobó que era muy refrescante. Pero un día, la madrasta lo vió y pidió al marido que cubriera el arroyo con tierra. Cuando la muchacha regresó a la tumba, vió que ya no estaba el el riachuelo y ella lloró y lloró.
Llevaba mucho tiempo llorando, cuando un hombre joven salió del bosque. Él vio el árbol muerto y pensó que era justo lo que él necesitaba para fabricar un nuevo arco y flechas, ya que él era un cazador. Habló con la muchacha quien le dijo que el árbol había crecido en la tumba de su madre. La muchacha le gustó mucho al cazador y tras hablar con ella fue donde su padre para pedirle permiso para casarse con ella.
El padre consintió a condición de que el cazador matara una docena de búfalos para la fiesta de la boda. El cazador nunca había matado más de un búfalo de una sola vez. Pero esta vez, tomando su nuevo arco y flechas, se dirigió al bosque, y pronto vió una manada de búfalos que descansan en la sombra. Poniendo una de sus nuevas flechas en el arco, disparó y un búfalo cayó muerto. Y luego, un segundo, un tercero, y así hasta doce. El cazador regresó a decirle al padre que mandara hombres para llevar la carne a la aldea. Se hizo una gran fiesta cuando el cazador se casó con la muchacha que había perdido a su madre. 

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GOTAS DE LLUVIA. Cuento mexicano

LA VUELTA AL MUNDO EN CUENTOS
LE gustaba contemplar el paisaje urbano debajo del puente en el centro de la ciudad. No había gran cosa que ver: mucho concreto, automóviles en todas partes, semáforos que cambiaban sus luces insistentemente provocando la ira de los conductores que debían frenar ante la luz roja que detenía sus vidas apresuradas unos segundos. Indiferencia, lejanía,  injusticia y dolor. Eso es todo lo que había debajo de ese sol rabioso que castigaba la piel y los ojos con su enorme intensidad. Pero para él era distinto.
Desde su perspectiva llovía, sí, llovía continuamente, siempre, de manera metódica y eterna. La lluvia era su aliada porque mojaba papeles desapareciendo evidencias, reblandecía las rocas humedeciendo el centro mismo de aquellos monstruos indestructibles, el agua borraba huellas, nublaba la vista, refrescaba el cuerpo, lavaba las culpas. Las gotas se mezclaban con las lágrimas que escapaban de sus ojos disimulándolas, haciéndolas menos evidentes.
El sol lastimaba, la luna era odiosa, sobretodo en esas noches en las que el cielo aparecía limpio y salpicado de estrellas. Se burlaba de sus desventuras, era cruel, le hacía sentir envidia de su placidez. La lluvia, en cambio, no dolía pero sí refrescaba.
Por eso, en su mundo siempre llovía, no podía ser de otra manera. Se recostaba bajo el puente en posición fetal, mientras las gotas de agua marchaban como soldados en un desfile, con sus fusiles al hombro y el redoble de los tambores. Pasaban frente a él saludándolo con una sonrisa dibujada en los labios haciéndolo sentir acompañado.
El puente era un refugio, bajo el cual, admiraba el verde del campo a pesar de  la lluvia impasible, miraba las vacas pastar, las flores multicolores crecer y el arco iris al fondo como la nota maestra en una obra de arte sin igual.
Bajo aquel techo se volvían mudas las voces de las bocinas histéricas y los motores delirantes. Estaba contento. No tenía frío, ni tampoco calor. No había nada que le recordara el rostro de su madre con esa mirada fría y cruel sobre él todo el tiempo. Recriminándolo, golpeándolo, renegando de su existencia sin importarle cuán hiriente podía ser. Pero eso no sucedía bajo su puente, ahí  era  rey,  dueño,  amo y señor. Por eso se permitía soñar con paisajes lindos, decidía sobre el clima y lo que quería o no escuchar.
Un golpe más, una aspiración más profunda…Sí, ahora escuchaba la música, era dulce, melodiosa, le daba paz. Miró el campo abierto frente a sus ojos rojos y sintió ganas de correr bajo la lluvia para experimentar la humedad del césped en las plantas de sus pies. Se levanto con cierta dificultad, estaba muy débil, no recordaba cuándo había sido la última vez que comió algo. Pero el solvente le daba fuerzas. Por eso se adelantó con decisión deseaba brincar sobre  el agua con sus pies desnudos. ¡Lo hizo! Saltó sobre el charco saliendo de las penumbras del puente hacia la avenida. El conductor del auto gris frenó intempestivamente, pero era imposible haberlo esquivado. El cuerpo al ser impactado rebotó sobre el cofre y fue a dar de lleno contra el pavimento negro y seco.
Sintió la humedad bajo su cuerpo herido. Sonrió. ¡Era el charco de agua! Lo había alcanzado.
Quedó tendido como un papel mojado a consecuencia de la lluvia de sus sueños, la sangre de sus venas rotas y las lágrimas de sus ojos. Los rayos fieros del sol  daban de lleno en aquel rostro de niño evidenciando su corta edad. Tan solo 10 años recién cumplidos. Pocos, pero aún demasiados para soportar el peso de tanta injusticia y desolación, del abandono y el desamor. No podía moverse, no quería hacerlo.  Nubarrones negros oscurecieron el cielo intempestivamente y comenzó a llover. ¡Estaba lloviendo al fin! Lloviendo de verdad. El agua caía sobre su faz llevándose las lágrimas, la mugre, el sudor, la sangre derramada. Refrescando su inútil existencia. Cuando la ambulancia llegó era demasiado tarde. El chiquillo había muerto. Una sonrisa poblaba su faz. Por primera vez en su vida…descansaba en paz.


Elena Ortiz Muñiz